De no haber sido por las tardes de domingo

Wowbagger el Infinitamente Prolongado era – es, en realidad – uno de los poquísimos seres inmortales del Universo.

Los que nacen inmortales saben superar el problema de manera instintiva, pero Wowbagger no se contaba entre ellos. El caso es que había llegado a odiar a todos aquellos serenísimos hijosputa. Había adquirido la inmortalidad de manera involuntaria, por un lamentable accidente con un estúpido acelerador de partículas, un almuerzo líquido y un par de gomas elásticas. Los detalles precisos del accidente carecen de importancia, pues nadie ha logrado jamás reproducir las circunstancias exactas en que ocurrió, y al intentarlo muchos han acabado con un aire de suma idiotez, o muertos.

Wowbagger cerró los ojos con expresión cansada y sombría, puso un jazz ligero en el estéreo de la nave y pensó que podía haberlo logrado de no haber sido por las tardes de domingo; sí , lo habría conseguido.

Para empezar, era divertido, se lo pasaba bien viviendo peligrosamente, corriendo riesgos, ganando una fortuna con inversiones muy productivas a largo plazo, y en general sobreviviendo mucho a todo el mundo.

Al final, lo que no podía soportar eran las tardes domingo y esa horrible apatía que empieza a presentarse hacia las tres menos cinco. (…) De modo que las cosas empezaron a perder interés para él. Comenzaron a desaparecer las alegres sonrisas que solía esgrimir en los entierros de la gente. Empezó a despreciar al Universo en general y a todos sus habitantes en particular.

Ese fue el momento en que concibió su propósito, lo que le haría seguir adelante y que, hasta donde podía imaginar, le mantendría siempre en movimiento: Era esto:

Insultaría al Universo.

Es decir, insultaría a todos sus habitantes. De manera individual, personal, uno por uno, y en orden alfabético.

(…) Y así empezó. Equipó una astronave, construida para que durase mucho tiempo, con un ordenador capaz de manejar todos los datos informáticos necesarios para no perder de vista a toda la población del Universo conocido y averiguar las rutas pertinentes, horriblemente complicadas.

(…) Wowbagger contempló por un instante la fantástica pedrería de la noche, los billones de diamantes de los mundos diminutos que espolvoreaban de luz la oscuridad infinita. Todos y cada uno de ellos estaban incluidos en su itinerario. Por la mayoría tendría que pasar millones de veces.

Por un momento imaginó que su ruta conectaba con todos los puntos del espacio lo mismo que las piezas numeradas de un rompecabezas infantil. Esperaba que desde algún lugar destacado del Universo pudiera leerse en ella una palabra muy, muy grosera.

“La vida, el universo y todo lo demás”, Douglas Adams.

“La vida, el universo y todo lo demás” es el tercer libro, de la trilogía en cinco partes del simpático autor Douglas Adams. La saga de ciencia ficción está basada en una radio comedia de los años setenta.

Adams, es conocido mundialmente por su particular sentido del humor. Es especialmente famoso el primer libro de la trilogía, “La guía del autoestopista galáctico“, para el cual una guía de cómo viajar por Europa le dio la idea.

Para todo aquel que no conozca aún esta historia, es un buen momento para dejar de hacerlo. Que se prepare para salir de casa, coja su mejor toalla y se acerque a una librería especializada. Deberían saber qué libro necesita nada más entrar por la puerta.

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